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Fueron asesinados por escuadrones de la muerte en El Salvador hace cuatro décadas. Ahora, estos mártires están más cerca de la santidad.

Mientras que los cuatro mártires están un paso más cerca de la santidad, los salvadoreños en los Estados Unidos esperan que la designación pueda inspirar a la Iglesia Católica a centrarse en los pobres y marginados.

Un cartel que representa al reverendo Rutilio Grande, el sacerdote franciscano Cosme Spessotto, Nelson Lemus y Manuel Solórzano, todos víctimas de los escuadrones de la muerte derechistas durante la guerra civil de El Salvador, se exhibe durante su ceremonia de beatificación en San Salvador, el sábado 22 de enero. 2022. (AP Photo/Salvador Melendez)

LOS ÁNGELES (RNS) — Cuarenta y cinco años después de que un escuadrón de la muerte derechista matara a tiros al reverendo Rutilio Grande junto con dos laicos católicos, Manuel Solórzano y Nelson Lemus, en El Salvador, Jesús Aguilar todavía recuerda vívidamente la tristeza y el temor de ese día.

Pero cuando el sol se puso el 12 de marzo de 1977, Aguilar también recuerda haber pensado que la vida se iba a poner mucho más difícil.

“Fue un momento de tristeza total, no solo por sus muertes, sino que se podía prever una situación de persecución mucho más complicada de lo que estaba pasando en aquel momento”, dijo Aguilar, de 65 años. Rememora que corrió las pocas cuadras desde su casa en Aguilares hasta la iglesia y vio los cuerpos cerca del altar.

Aguilar revivió recientemente sus recuerdos de ese día cuando viajó en enero a El Salvador desde su casa en Los Ángeles para la beatificación de Grande, Solorzano, Lemus y el reverendo Cosme Spessotto, un fraile italiano asesinado a tiros por soldados salvadoreños en 1980 mientras rezaba en su iglesia parroquial. La ceremonia representa el primer paso hacia la santidad de estos hombres que fueron proclamados mártires el año pasado, allanando el camino para su beatificación sin que se atribuyan milagros a su intercesión.

Jesœs Aguilar, de 65 a–os, se sienta para un retrato en su casa en Los çngeles, frente a una imagen de San Oscar Romero. RNS foto por Alejandra Molina

Jesús Aguilar, de 65 años, se sienta para un retrato en su casa en Los Ángeles, frente a una imagen de San Oscar Romero. RNS foto por Alejandra Molina

“Por un lado, me sentí feliz por la beatificación porque era una forma de reconocer el compromiso de la iglesia con sus comunidades”, dijo Aguilar. “Pero al mismo tiempo, fue un momento en el que resurgieron los malos recuerdos”.

Los salvadoreños en los Estados Unidos esperan que las beatificaciones inspiren a la iglesia a honrar la memoria de Grande y Spessotto centrándose en los pobres y marginados como lo hicieron ellos. Unos también ven a los cuatro como sustitutos de los 75,000 salvadoreños que murieron a manos de las fuerzas gubernamentales durante los 12 años de guerra civil de su país. Sobre 20 sacerdotes, cuatro monjas y cientos de catequistas fueron asesinados durante el conflicto, según Vatican News. Alrededor de medio millón de salvadoreños huyeron a Estados Unidos en la década de 1980.

“Este reconocimiento es la validación del sufrimiento que vivimos”, dijo Amanda Romero, quien emigró de El Salvador a principios de la década de 1980.

Amanda Romero. Foto cortes’a de Romero

Amanda Romero. Foto cortesía de Romero

En El Salvador, Romero se sumergió en la vida de la iglesia católica, inspirada por el entonces arzobispo Oscar Romero, un audaz crítico de la dictadura de su país. Ser joven y católico “era motivo de persecución”, dijo. Cuando Oscar Romero (sin relación con Amanda) fue asesinado en 1980, la violencia política de los años 70 se transformó en una guerra civil a gran escala. Romero, temiendo por su vida, huyó a Estados Unidos poco después

Muchos como Amanda Romero ya consideran santos a los cuatro hombres mártires, incluso si la iglesia no los ha reconocido oficialmente como tales. A través de su martirio, dijo, “la gente fuera de El Salvador pudo conocer el nivel de violencia y represión en El Salvador”. Recordó las iglesias estadounidenses, de varias denominaciones, acogieron y abogaron por los migrantes centroamericanos como parte del movimiento santuario. Esta historia de fe y martirio inspiró a Amanda Romero a estar al servicio de las familias inmigrantes.

Rutilio Grande, quien nació en un pequeño pueblo de El Salvador en 1928, es reverenciado por organizar a los pobres, haciendo enemigos de los terratenientes que consideraban amenazante su ministerio mientras formaba comunidades cristianas locales de base y equipaba a los laicos como agentes pastorales. Su formación jesuita lo llevó a Quito, Ecuador; Panamá y España; trabajó arduamente para asegurar que las enseñanzas del Concilio Vaticano II, llamó a los católicos a cuidar de los marginados y que estas enseñanzas fueran aceptadas por la iglesia salvadoreña.

Sin embargo, estos mensajes fueron considerados de carácter político por los militares, la élite adinerada y los obispos conservadores quienes optaron por no difundir las enseñanzas sociales del Concilio Vaticano II.

San Oscar Romero, un amigo cercano de Rutilio Grande que fue canonizado como santo en 2018 por el Papa Francisco, se vio profundamente afectado por el asesinato de su amigo, lo que acrecentó su oposición al gobierno.

En la beatificación del 22 de enero, celebrada al aire libre, los asistentes sostuvieron retratos de los cuatro mártires y se exhibieron reliquias de Grande y Spessotto, incluido un pañuelo blanco manchado de sangre que Grande llevaba el día que lo mataron.

El cardenal Gregorio Rosa Chávez, amigo de Oscar Romero y primer salvadoreño en ser elevado a cardenal, presidió la ceremonia. Los cuatro mártires, dijo, “dan nombre a todas las víctimas inocentes sacrificadas en los altares del poder, el placer y el dinero”.

Chávez desafió a la iglesia a despertar: “Somos una iglesia del martirio, pero somos bastante pasivos. No somos plenamente conscientes del tesoro que llevamos en vasijas de barro”.

Jose Ortiz, de 53 a–os, sostiene una imagen de Rutilio Grande y san Oscar Romero en su casa en Los çngeles mientras se sienta para un retrato el 8 de marzo. Foto de RNS por Alejandra Molina

José Ortiz, de 53 años, sostiene una imagen de Rutilio Grande y san Oscar Romero en su casa en Los Ángeles mientras se sienta para un retrato el 8 de marzo. Foto de RNS por Alejandra Molina

José Ortiz, de 53 años, transmitió la ceremonia de beatificación desde su casa en Los Ángeles.

“Me puso la piel de gallina”, dijo. “La justicia está ocurriendo en el cielo y en la tierra. Estos mártires cristianos dieron su vida, no solo por lo que creían, sino por lo que creían que era correcto para la comunidad”.

En la década de 1970, los padres de Ortiz formaron pequeñas comunidades de fe y, como seguidores de Romero y Grande, enfrentaron persecución, dijo.

“Estábamos en la lista negra para que nos mataran porque simplemente no queríamos ser parte de una iglesia como institución, pero queríamos poner la fe en acción”, dijo.

Ortiz dijo que admira a Spessotto porque, a pesar de no ser salvadoreño, “vino a una zona rural y dedicó toda su vida, no solo a acompañar a su comunidad, sino que se convirtió en parte de la comunidad”. Ortiz dijo que buscó “continuar mi lucha en El Salvador”, pero huyó con su hermano mayor, quien había sido secuestrado previamente por militares salvadoreños.

Una imagen de San Oscar Romero cuelga en la pared de la sala de JosŽ Ortiz. RNS foto por Alejandra Molina

Una imagen de San Oscar Romero cuelga en la pared de la sala de José Ortiz. RNS foto por Alejandra Molina

Dijo que la beatificación sirvió como un recordatorio de que la iglesia “debería estar más arraigada en la comunidad”.

“Básicamente, lo que se suponía que debía ser el Concilio Vaticano II, pero desafortunadamente no sucedió. Los que intentaron implementarlo fueron asesinados”, dijo. “Creo que la iglesia debería tener más interés en las necesidades de las personas más pobres del mundo en lugar de las cosas superficiales”.

No se le escapa a Ana Grande, la sobrina de Rutilio Grande, que la beatificación de su tío se produce a expensas de una guerra que separó a las familias y dejó a muchas con ese trauma. Su padre huyó de El Salvador al recibir amenazas de muerte. Se instaló en Los Ángeles, donde nació ella.

Ana Grande, sobrina de Rutilio Grande, fuera de la Fundaci—n Bresee, donde se desempe–a como directora ejecutiva asociada. RNS foto por Alejandra Molina

Ana Grande, sobrina de Rutilio Grande, fuera de la Fundaci—n Bresee, donde se desempe–a como directora ejecutiva asociada. RNS foto por Alejandra Molina

Aunque Ana Grande nunca conoció a su tío, fue introducida a su vida a una edad temprana a través de historias familiares. A ella se le enseñó que su ministerio era “todo acerca de la ética”. Ana Grande ahora se desempeña como directora ejecutiva asociada de la Fundación sin fines de lucro Bresee, que busca combatir la pobreza en Los Ángeles.

La beatificación abrió viejas heridas, dijo, pero espera que marque un nuevo capítulo para la iglesia en El Salvador y en todo el mundo. “Por primera vez en muchos, muchos años, algunos de nuestros familiares comenzaron a compartir lo que habíamos presenciado durante la guerra y fue muy sanador en muchos sentidos”, dijo.

En la ceremonia de beatificación se inspiró en la juventud, recordando una conversación con un joven a quien le preguntó: “¿Por quién estás aquí? ¿A quién admiras?” Nombró a Spessotto y habló con cariño de los valores franciscanos de la vida, dijo ella.

“No solo estamos mirando el Antiguo Testamento y lo que se debe y no se debe hacer, sino que lo miramos desde una nueva lente de liberación, de romper las cadenas de la ignorancia”, dijo. “De eso es de lo que habla el Papa todo el tiempo. No importa lo que hayas hecho, lo que hagas, a quien ames. Es una cuestión de, si eres humano, de cualquier manera, te voy a amar. Creo que finalmente las cosas comienzan a tener coherencia, y espero que continúen”.